sábado, 20 de mayo de 2017

Se detenía a observarLo, admirarLo, desafiarLo.
Pero sus gestos derribaban los muros,
penetraban su coraza hecha de tropiezos,
dejándola al desnudo, con el alma expuesta,
el anhelo en los labios y los deseos a flor de piel.
Y le bastaba una palabra, una sola...
...exhalada, murmurada, susurrada,
para encender el fuego, para despertar a la Hembra.
Entonces sus ojos, su boca, sus manos...
...toda ella, se rendía ante Él.



(Letras escritas para una iniciativa de mi querida amiga Gin)

miércoles, 17 de mayo de 2017

Sujeté su mano y nos fuimos de allí. Nos subimos a su automóvil; no me importaba nada, ni siquiera hacia dónde me llevaba, sólo sentir el calor que desprendía su cuerpo, y aquello que provocaba en el mío. Lo observaba conducir; su perfil, el corte de su mandíbula, su barba, su cuello, sus manos sujetando el volante... e imaginaba. Las imaginaba recorriendo mi espalda y sujetando mis caderas... y me excitaba. No pude evitar llevarme los dedos a la boca, y mordisquearlos. No pensé que él me estaría observando, sin embargo no se había perdido detalle. Sin decir una palabra, extendió su mano hasta mí, apoyándola en mi rodilla e hizo que abriera mis piernas. Subió por el interno de mis muslos hasta llegar a mi sexo. Temblé al sentir sus dedos deslizarse entre el encaje de mis bragas y mis labios mojados. Fue apenas un roce.

En unos minutos saborearé cada centímetro de tu piel... –sentenció, llevándose sus dedos a la boca. Inclusive este manjar.

Él lograba dejarme sin aliento, sólo me quedaba mirándolo, perdiéndome en las líneas de su boca y mis pensamientos. Nos detuvimos en una casa frente al mar.

¿Tu casa? –pregunté mientras me abría la puerta del automóvil y con su mano me invitaba a bajar.
No... –por un segundo creo dudó en responderme. Es una casa que estoy restructurando.

Entramos, encendió una poca luz muy difusa. Me sentía ansiosa, como si fuera la primera vez que me encontraba a solas con un hombre atractivo. Pero él era más que eso, lo había sentido apenas ví sus ojos clavados en los míos.

No sentí que estaba tan cerca hasta que su mano aferró el escote de mi vestido, haciendo me pegara a su cuerpo. Con el envés de esa misma mano rozó la piel de mi pecho, que subía y bajaba agitadamente. Cerré los ojos, dejé me invadiera su perfume. Su mano continuó a recorrerme el cuerpo; desde el hombro se deslizó por mi brazo, hasta detenerse por un momento en mi cintura. Lo sentí acercarse a mi oído.

No tienes idea cuánto me excite tu boca... –susurró mientras su pulgar delineaba mis labios y se introducía lascivamente en ella.

Envolví su dedo con mi lengua, succionándolo, provocándolo. Bastó ese gesto para que sus manos comenzaran a desvestirme con prisa, la misma que tenían las mías en desvestirlo a él. Quité su camisa, dejándola caer al piso. Mordisqueé su pecho mientras desabrochaba sus pantalones, que cayeron junto a mi vestido. Se separó de mí, para quitarse él mismo el boxer. Acercó una silla y se sentó, con su polla totalmente erecta, latiendo. Sonrió de lado y me desafió con la mirada. Me deshice del sujetador y de mis bragas ya empapadas de lo que él me había provocado durante toda la noche. Caminé hacia él contoneando las caderas, mordiéndome el labio. Me empalé a su virilidad, sentí cada pliegue de su rigidez rozando las paredes de mi cueva. Sus manos sujetaban mi espalda, acompañando el movimiento de su sexo entrando y saliendo una y otra vez del mío. La habitación se llenó de mis gemidos. Mis uñas se clavaban en sus hombros, en su espalda, pidiendo más. Su boca se llenaba con mi seno, pasaba de un pezón al otro. Estaban duros, túrgidos, con el roce de su lengua, con sus mordiscos.

Córrete... –dijo casi entre gruñidos. Córrete junto a mí...

No necesitó repetírmelo. Arqueé mi espalda, mis manos se sujetaban a su nuca. Sentí la explosión de mi orgasmo en el instante que su caliente semen me llenaba por completo; derramándome por entre mis muslos hasta sus piernas. Mis espamos se calmaban en la medida que él besaba mi cuello.

Niña... –susurró a mi oído. Quiero que el día nos encuentre así... follándonos.

Sonreí y mordí su hombro por toda respuesta.


viernes, 12 de mayo de 2017

Había mantenido las distancias. Había intentado resistir.
Sin embargo... allí estaba, me había rendido a Él.
Ya nada tenía importancia; ni sus compromisos, ni mis miedos y pudores.
Él despertaba a la hembra... Él sacaba mi lado más salvaje.
Mi nena... –susurraba en mi oído, y el tiempo se detenía en ese instante.




(Este microrelato pertenece a “Reto: 5 líneas” propuesto por Adella Brac.
Las palabras propuestas para el mes de Mayo: importancia, lado y estaba.)

martes, 9 de mayo de 2017

No podía decir que había vuelto, porque la verdad es que nunca se había ido. Pero tantas guardias, tantos trabajos de investigación, tantas cosas, habían hecho que nuestros encuentros se suspendieran uno trás otro. Y aunque sus mensajes y cuidados diarios no me faltaban, echaba de menos su contacto, sus manos sobre mi piel, su cuerpo... su parte de Mr. Hyde, o como él prefería, su faceta Sir Drake.

Llevaba unos días muy ofuscada, mil pensamientos cruzaban mi cabeza; por ello cuando sonó el móvil me sobresalté.

Cara... ¿qué sucede? –aún me sorprendía que me supiera tanto.
Nada Doc... –aunque no me viera, traté de sonreír. Sólo rollos de la vida cotidiana, y no quiero aburrirte.
Tú nunca me aburres, y todo lo que te sucede me interesa. –dijo con una calma y a la vez certeza que me abrazó toda.

Sin más le conté un resumén de lo que me sucedía. Quedó en silencio por un instante.

En una hora paso a recogerte... –no estaba preguntándome. ¿Por tu apartamento o por el trabajo?
Pero... –no sabía si podría liberarme de los compromisos de la tarde.
Nada de ‘peros’, Emme. –me interrumpió. Lo necesitas... me necesitas... y tú lo sabes.

Sí, lo sabía. Lo necesitaba. Necesitaba que me tuviera, que me hiciera olvidar, al menos por unas horas.

Sí, lo sé... tienes razón. –sabía que estaría sonriendo. Pasa por casa en una hora y media, por favor.
Perfecto cara... a luego. –y cerró la llamada.

Cancelé algunas cosas que tenía programadas hacer esa tarde, y fui a ducharme. Elegí un conjunto de lencería negro, con encaje; y un liguero. Ya conocía sus gustos, y sabía que ese detalle lo complacería. Terminé de vestirme y lo esperé.

Llegó puntual, como siempre. Subí a su automóvil, y nos marchamos en silencio. Instintivamente supe a dónde nos estábamos dirigiendo. Sonreí y toqué su brazo, agradeciéndole con la mirada.


Al llegar a nuestro apartamento, seguíamos callados, aunque sentía sus ojos abrasarme cada vez que me miraba. Hizo que entrara yo primero, cerró la puerta trás él, me cogió por la muñeca y me colocó contra la pared del salón. Una de sus manos comenzó a recorrer mis piernas levantándome la falda, mientras su cuerpo presionaba al mío. Sentía su calor, que hacía subir mi propia temperatura. Su otra mano rozó apenas mi seno y me sujetó del cuello. Abrí la boca y sus dedos la penetraron.


Te deseo Emme... –su voz en mi oído erizó toda mi piel. Te he echado de menos... y sé que tú también.


Mi respuesta fue un profundo gemido, mientras empujaba mi culo sobre su erección. Se separó, lo suficiente para quitarme el vestido; lo hizo de forma rápida, como quien no podía ni quería esperar más por lo que deseaba. Escuché cómo soplaba al verme; al ver cómo me había preparado para él. Comencé a contonear mis caderas delante de su mirada encendida y me deshice del sujetador. Volvió a sujetar mi mano y me llevó hacia el sofá. Terminó de desnudarme e hizo me plegara dejando todo mi húmedo sexo expuesto a él. Escuché como se desvestía, lo hizo lentamente, o a mí me pareció que el tiempo se detenía, mientras mis labios estaban cada vez más mojados y mi clítoris pulsaba. Lo sentí acercarse, apoyó su mano en mi espalda y separó mis piernas con su rodilla.

Emme... –pronunció cuando su dura polla penetraba mi cueva.

Sus embestidas me abrían cada vez más; y podía sentir cada uno de sus pliegues e hinchadas venas dentro de mí. Pellizcaba mis túrgidos pezones, haciendo que temblara todo mi cuerpo con esa mezcla de placer y dolor. Había logrado vaciar mi mente de todo, sólo gozaba, sólo era él arremetiendo en mí, haciéndome suya. Sentí contraerme entorno a su verga y arqueé la espalda. Él también lo notó, llevó sus manos a mis caderas, sujetándose con fuerza. Entre gemidos grité su nombre, y me corrí. Me derramé sobre su virilidad que no dejaba de entrar y salir de mí.

No dejaba de temblar, tanto que temí caer de los tacones, que mis piernas no me sostuvieran. Fue ahí ue noté como él se retiraba de mí.

Pero Doc... tú no... –apoyó su mano en mi boca, sin dejarme continuar.
Ven... –cogió mi mano y me llevó al dormitorio... recostándose sobre la cama.

Viéndolo allí, aún magníficamente erecto, volví a encenderme. Gateé a su lado. Sí, gateé, porque en ese momento era una gata en celo. Me empalé a él como una amazona, llevando sus manos a mis tetas mientras mis uñas dibujaban su pecho. Me deslizaba arriba y abajo por su polla. Sus gruñidos y mis gemidos inundaban el cuarto. No pasó mucho hasta que sentí como esta vez era su cuerpo que se contraía dentro el mío. Bajé hasta su boca, rozándola apenas con la mía. Pasando mi lengua por sus labios mientras mis manos se entrelazaban a las suyas. Entonces lo escuché susurrar mi nombre nuevamente; fue en el instante que su caliente hombría quemaba mis entrañas. Y yo me corría otra vez junto a él.




martes, 2 de mayo de 2017

Quien avisa, no traiciona.” Mientras exhalaba el humo del cigarrito, no paraba de pensar a esta frase. Tantas veces se la había oído repetir al Rubio, que ya la había hecho mía. Porque sí, yo aviso... aviso ser jodida. Soy como una niña que necesita de atenciones y mimos, no sé esperar por mucho tiempo por una palabra, un gesto, algo. Y no me gusta pedir, porque si debo pedírtelo, ya no lo quiero. Entonces me convierto en una gata, me contoneo a tu alrededor, ronroneo para que me acaricies; hasta saco las uñas para hacerte notar que siento necesidad de ti... y aviso. Aviso que, todo el fuego que pudieses haber sentido junto a mí, podría convertirse en hielo. Aviso que puedo irme por otros tejados, porque no tengo dueño, porque no le pertenezco a nadie más que a mí misma. Y me hago (la) dura.

Hasta que apareces. Tú y tu sonrisa que me desarma. Tú y tu modo único de llamarme. Tú y tu manera de saberme, de sentirme, de hacerme.


El revés de tu mano pasa por mi rostro, haciendo que ponga mi cabeza de lado y por un instante cierre los ojos. Tu boca se acerca a mi oído y tu voz me susurra un cálido “Te he echado de menos”. Mi piel se eriza a tu contacto y todo mi cuerpo tiembla al saberte nuevamente. Tu mano recorre mi espalda, hasta posarse en mi cintura y pegarme a ti. Tu pulgar sube hasta mi boca, la que tanto deseas, y delínea su contorno. Muerdo mi labio y te escucho mientras dices “Me derrites cuando haces eso”.

Siento la humedad entre mis piernas; el palpitar de mi sexo contra la rigidez del tuyo. Mis manos recorren tu pecho, mis dedos abren tu camisa, deseo sentir tus latidos. Te deshaces de mi ropa y de la tuya. Me recuesto sobre la cama, y tu boca recorre desde mi vientre hasta mi seno. Tomas uno a uno mis pezones; los lames, los muerdes, los succionas; poniéndolos aún más túrgidos, duros, tanto que duelen. Apoyas tu frente a la mía y siento como me abres, como me embiste tu virilidad. Tus ojos, me fijan mientras me penetras una y otra vez. Mientras siento me haces tuya... y tú, tú eres mío.

Tu hombría quema mis entrañas, mezclándose con mi esencia. Y la luz del atardecer entra por las ventanas de mi habitación, encontrándonos a ti y a mí entre las sábanas... un regalo para ambos... algo para recordar... siempre.



jueves, 27 de abril de 2017

A la mierda el conformismo:
yo no quiero ser recuerdo.
Quiero ser tu amor imposible,
tu dolor no correspondido,
tu musa más puta,
el nombre que escribas en todas las camas
que no sean la mía,
quien maldigas en tus insomnios,
quien ames con esa rabia que solo da el odio.
Yo no quiero que me digas
que mueres por mí,
quiero hacerte vivir de amor,
sobre todo cuando llores,
que es cuando más viva eres.
Yo no quiero que tu mundo
se dé la vuelta cada vez que yo me marche,
quiero que darte la espalda
sólo signifique libertad para tus instintos más primarios.
Yo no quiero quitarte las penas y condenarte,
quiero ser la única de la que dependa tu tristeza
porque esa sería la manera más egoísta y valiente de cuidar de ti.
Yo no quiero hacerte daño,
quiero llenar tu cuerpo de heridas
para poder lamerte después,
y que no te cures para que no te escueza.
Yo no quiero dejar huella en tu vida,
quiero ser tu camino,
quiero que te pierdas,
que te salgas,
que te rebeles,
que vayas a contracorriente,
que no me elijas,
pero que siempre regreses a mí para encontrarte.
Yo no quiero prometerte,
quiero darte sin compromisos ni pactos,
ponerte en la palma de la mano
el deseo que caiga de tu boca sin espera,
ser tu aquí y ahora.
Yo no quiero que me eches de menos,
quiero que me pienses tanto
que no sepas lo que es tenerme ausente.
Yo no quiero ser tuya ni que tú seas mía,
quiero que pudiendo ser con cualquiera
nos resulte más fácil ser con nosotras.
Yo no quiero quitarte el frío,
quiero darte motivos para que cuando lo tengas
pienses en mi cara y se te llene el pelo de flores.
Yo no quiero
viernes por la noche,
quiero llenarte la semana entera de domingos
y que pienses que todos los días son fiesta
y están de oferta para ti.
Yo no quiero
tener que estar a tu lado para no faltarte,
quiero que cuando creas que no tienes nada
te dejes caer, y notes mis manos en tu espalda
sujetando los precipicios que te acechen,
y te pongas de pie sobre los míos
para bailar de puntillas en el cementerio
y reírnos juntas de la muerte.
Yo no quiero que me necesites,
quiero que cuentes conmigo hasta el infinito
y que el más allá una tu casa y la mía.
Yo no quiero hacerte feliz,
quiero darte mis lágrimas cuando quieras llorar
y hacerlo contigo,
regalarte un espejo
cuando pidas un motivo para sonreír,
adelantarme al estallido de tus carcajadas
cuando la risa invada tu pecho,
invadirlo yo cuando la pena atore tus ojos.
Yo no quiero que no me tengas miedo,
quiero amar a tus monstruos
para conseguir que ninguno lleve mi nombre.
Yo no quiero que sueñes conmigo,
quiero que me soples y me cumplas.
Yo no quiero hacerte el amor,
quiero deshacerte el desamor.
Yo no quiero ser recuerdo,
mi amor,
quiero que me mires
y adivines el futuro.
(Elvira Sastre)


lunes, 24 de abril de 2017

Deseaba sorprenderlo. En ese tiempo había aprendido a conocer sus gustos, aquello que despertaba su lujuría, alguna de sus más ocultas perversiones. Había buscado y elegido cada prenda con cuidado, todo debía ser como sabía le gustaba. Por eso debía ser un “corsetto”. Obviamente negro, con los lazos en la espalda, y algún volado que adornara mi escote. Que se ajustara perfectamente al cuerpo, y exaltara esas formas que Él tanto deseaba, aunque no se doblegara a admitirlo. Unos tacones muy altos, negros también, que hicieran perder el equilibrio. Y por un instante, contener la respiración.


Finalmente había llegado el momento.


Entró tan sigilosamente, era siempre tan controlado en sus movimientos, que sólo percibí su presencia cuando su aliento quemó mi cuello. Podía sentir su mirada recorriendo mi cuerpo, deteniéndose en cada detalle. Me excitaba la oscuridad de sus ojos, la forma en la que me observaba. No dejaba de hacerlo mientras abría su camisa y desabrochaba sus pantalones, liberando su erección. Me mordí el labio imaginando ser penetrada por ella, gimiendo bajo el peso de su cuerpo. Volvió a acercarse a mí, sujetándome con fuerza y haciéndome girar sobre mis tacones, quedando por detrás. Su mano se cerró entorno a mi cabello, haciendo que pusiera la cabeza de lado.

Nena... ¿estabas esperándome? –susurró en mi oído, mientras su otra mano descendía hasta mi sexo, y sus dedos rozaban mis labios completamente mojados.
Mmmmmmmm... –fue todo lo que mi boca pudo pronunciar, aunque mi cuerpo reaccionó a su toque arqueando la espalda y presionando su polla contra mi culo.

Sin soltarme, hizo me plegara hacia adelante, dejando mi sexo totalmente expuesto. Con su rodilla abrió mis piernas. Pude escuchar cómo terminó de desvestirse, dejando caer al suelo todas sus prendas. No osaba moverme. Él me tenía, me tenía porque me sabía. Me sujetó por las caderas, y con un sólo y único movimento, penetró hasta lo más profundo de mi cueva. Sus embestidas eran bestiales, sus testículos chocaban contra mis muslos mojados. Podía escuchar su respiración agitada, sus gruñidos mientras me follaba como un animal en celo. Sentía el sudor caer por mi espalda. Su mano sujetó mi cuello, ahogando mis gemidos.



Córrete... –dijo, o más bien ordenó. Nena... deseo te corras junto a mí... para mí.

Sus dedos presionaron mi cuello en el preciso instante que sus latigazos de caliente esperma inundaron mis entrañas. Continuó con sus embestidas hasta vaciarse completamente en mí. Cuando se calmaron los espamos después de mi orgasmo, me mordisqueó el hombro, lo besó y se retiró.

Me gustan las sorpresas de la nena... –dijo sonriendo y dándome un cachete en el culo. De mi nena.