jueves, 30 de julio de 2015

Él la deseaba tanto esa noche, la había pensado todo el día, imaginándola. Estacionó ya en la puerta del edificio y mirando el balcón del departamento notó las luces apagadas. Subió con el temor de deber aún esperar, frenar la ansiedad de tenerla. Apenas entró en el salón supo que se había equivocado, un ligero rumor provenía del baño. Cerró la puerta a sus espaldas y se dirigió allí. La sorprendió, estaba por ducharse. Inmediatamente la tomó empujándola contra la pared y la besó con tal pasión de dejarla sin aliento. El beso continuò en otro, y otro más, cada vez con más ganas, hasta ser casi violento. Su lengua se insinuaba de forma prepotente en la boca de ella, entre sus labios carnosos, tan malditamente indecentes, perfectos para…




En ese momento comprendí. Sin decir una palabra me postró brutalmente de rodillas. Con un apuro poco habitual en él, liberó su miembro de la prisión de sus pantalones, y tomándome por la cabeza, lo metió en mi boca, hasta el fondo. Era extraño, pero deseaba ser obediente, por lo que lo recibí por entero y me dediqué a él con total devoción.  Lo lamía, lo rodeaba con mi lengua, mientras con mi mano lo acompañaba en sus movimientos. Haría que se olvidara de todo, tiempo y espacio, sólo él y yo.




Estaba siempre de rodillas delante de él…, él que continuaba a hundirla en mi boca como nunca había hecho antes.  Intuí toda la espera reprimida de ese día, todas las fantasias, y convirtí ese gesto en único; haciéndolo a mi modo y con mis reglas. Sentí las primeras gotas de su esencia, esa mezcla de dulce y amargo sobre mi lengua. Pero él no quiso llegar hasta el final, sacó su falo antes de que pasara lo natural, que explotara en mi garganta. Y me alejó ese poco que bastaba.

Me pusé en pie, sin dejar de mirarlo a los ojos. Me mordí el labio inferior, había terminado el momento de obedecer, ahora iniciaba mi juego. Me giré preguntándole si quería enjabonarme. Apoyé las manos a la pared de mosaicos, arqueando la espalda y abriendo mis piernas, en una posición que exclamaba claramente mis intenciones. Me deseaba, lo sabía, y haría que lo hiciera aún más. Me inclinaba hacía él sin pudor, sin vergüenza. Lo escuché sacarse las últimas ropas y colocarse detrás mío. Comenzó a acariciarme. Aún bajo el agua sentía sus manos quemarme la piel. Mis pezones se endurecieron al contacto de ellas, y él los pellizcaba provocándome. Bajó y sentí como sus dedos separaban mis labios, y entraban en mi sexo. Se recreaba en ellos, haciendo que mi humedad creciera. Inesperadamente, sin ningún cuidado, me penetrò. Duro como el mármol lo sentí hasta el fondo de mis entrañas y no pude tratener una exclamación, algo entre dolor y placer.

Él continuó con sus potentes embestidas, se fundía una y otra vez dentro mío. Y más lo hacía, más yo disfrutaba. Esa exclamación inicial se transformó en intensos gemidos. El placer era ya irrefrenabile. Ambos cuerpos eran recorridos de violentos temblores. La respiración agitada de él fue el señal que no duraría mucho más aquel acto de pecaminosa lujuria.
En un susurrado gemido, mientras decía mi nombre, sentí su calor inundarme. Y yo me derramé sobre él en el mismo instante. Por un momento nos quedamos inmóviles, con las piernas temblando por la intensidad de la pasión que nos había envuelto. Dejamos que el agua finalmente refrescara nuestros cuerpos. Tomándome de la cintura me giró y abrazó, aún podía sentir su deseo. Y lo supe. Supe que ese había sido sólo el inicio de una larga noche.


viernes, 24 de julio de 2015



Quiero deslizarme por tu espalda,
dejar el perfume de mi deseo sobre ella.
Llegar a tu cuello, rozarlo con mi boca,
adueñarme de tu oreja y penetrarla con mis susurros.
Caer en la delicia de tus labios,
y sentir lo salvaje de tu lengua.
Quiero que mis piernas se enreden a tu cintura,
y que el ritmo de tus caderas sea igual al de mis ganas.
Que el vaivén de tu sexo y el mío
sea acompañado por la música de nuestros gemidos.
Quiero que ardas en el fuego que provocas
en mi cuerpo… en mi mente… en mi alma.




martes, 14 de julio de 2015

Ese intenso deseo (final)

Su lengua describía círculos en mi sexo. Y mis gemidos aumentaban cuando con los labios presionaba mi clítoris. Creí que estallaría, pero en ese momento se detuvo, mirándome de forma lasciva y provocadora. Me tomó por las caderas y me giró. Apoyó su mano en mi espalda y me recorrió hasta la nuca, haciendo en forma que bajara y dejándome expuesta, abierta a él.
Sin más preámbulos y cerrando su puño en mi pelo, me penetró. Despacio…, suave…, haciéndome sentir la dureza de su polla hasta lo más profundo. Mi espalda se arqueaba y notaba como mi interior se dilataba y contraía recibiéndolo. Bajó hasta que pude sentir su respiro en mi nuca…, agitado…, extasiado. Susurró a mi oído: “Me encanta sentirte así…, entregada…, mía…”. Y su mano volvió a tirar de mi pelo.

Delicada pero decidida, me separé de él. Sus palabras me habían hecho estremecer, pero también había despertado mi parte rebelde. Hice que se sentara y que me deseara viéndome desde abajo. Que me oliera mientras me acercaba, y me alejaba cuando quería tocarme. Comencé a bajar sobre él hasta empalarme en su erecta virilidad. Llevé sus manos hasta mi culo, para que acompañara mis subidas y bajadas por su miembro. Y su boca se dirigió ávida a mis pezones, que lo esperaban…, duros, erectos. Quise disfrutarlo lentamente pero el perfume de su piel junto a la mía, ese olor a sexo que invadía todo el ambiente, era más de lo que podía soportar. Comencé a aumentar el ritmo de mi cabalgada en tanto que mis uñas le dibujaban la espalda. Entonces fui yo que acercándome a su oído le susurré: “Me encanta sentirte así…, entregado…, mío”. Lo sentí estremecer mientras sus puños se cerraban nuevamente en mi pelo; jalando a ritmo de sus golpes de caderas. Ambos comenzamos a sentir los espamos que anunciaban el orgasmo. Él sostenía mi espalda mientras la arqueaba, y entre ahogados gemidos sentí su caliente esencia invadirme dentro.

Aún no recuerdo en qué momento o cómo llegamos a la habitación. El amanecer me sorprendió allí. Al despertar lo ví a mi lado, dormía serenamente boca abajo. Lo observé por algunos minutos. Decidí levantarme sin hacer el menor ruido. En puntas de pie fuí hasta el salón, recogí mis prendas y me vestí. Al calzarme las botas rocé la alfombra y un caliente temblor recorrió mi cuerpo, recordando la noche apenas pasada.
Antes de irme, le escribí una nota, sabía no le gustaría pero no podía arriesgarme a que despertara, no habría podido dejarlo, y ambos sabíamos que eso no era posible.

D.:
Fue una noche extraordinaria…
Ahora debo marcharme; ambos sabemos el por qué.
Disfruta tu estadía en la ciudad, y espero
podamos vernos, nuevamente, antes de tu partida.


Un beso.


M.


martes, 7 de julio de 2015

Hechizados


Musa desconocida
te instalaste en mi,
seduciéndome
sin que yo me diera cuenta.

Perdí la cabeza
por una musa
me entregué sin preguntas
en sus brazos.

Eres una bruja,
hechicera y encantadora,
no quiero despertar de este conjuro
en el que me has atrapado.







Poeta...
hecho Hombre...
hombre de ensueños...
caballero con brazos de refugio...
macho que enciende mi piel y mi sangre...
no despiertes...
no sin mí...
porque, si tú estás atrapado...
yo lo estoy contigo...