miércoles, 21 de diciembre de 2016

Te deseo días llenos de sueños.
Te deseo días plenos de magia.
Te deseo días de tentaciones.
Te deseo días con misterio,
con sensualidad,
con lujuría,
con pasión...

...en definitiva,
Te deseo...



Feliz Navidad
y

Buen Año Nuevo!!!

domingo, 18 de diciembre de 2016

“(...)
¿Se siente bien, Sir? Noto que tiene un humor vagamente vacilante.
No es el humor. Es que este tramo de vida es particularmente accidentado.
Sir, no hay percurso siniestro que no se pueda enfrentar con un buen equilibrio emotivo.
Pero ¿si lo pierdo, el equilibrio?
Dicen que un buen modo para reencontrarlo sea extender los brazos.
¿Para no terminar en tierra?
Para alzarse en vuelo, Sir.
(...)”

(Traducción y adaptación de "Vita con Lloyd" de Simone Tempia)




lunes, 5 de diciembre de 2016

Allí estaba, esperándome a la salida de la oficina, encima de su moto. Desde que nos habíamos conocido no paraba de llamarme, de escribirme. Y yo lo mantenía a distancia. Porque sabía, sabía que si lo dejaba acercarse, lo dejaba entrar en mi vida, sería un completo desastre. Lo supe desde el inicio... demasiada química, demasiada piel.

Hola... –y sus ojos no se apartaban de mi boca. ¿Te apetece un café?
Hola... –no pude evitar morderme el labio. Veo que no te das por vencido.
Ni aún vencido... –sonreía. Ya te lo he dicho.
Ok... un café y basta... –¿realmente deseaba eso? En poco más de una hora tengo una cita.
Vamos entonces... –y volvía a sonreír, sabiendo de haber ganado esta partida. No sea que llegues tarde a tu cita.

Dimos unas vueltas. Me sujetaba fuerte a él, y no porque temía la velocidad; el porqué era que quería sentirlo... mis manos en su pecho, sus latidos que se parecían tanto a los míos. Finalmente paramos en un bar. Un sitio pequeño, apartado. Hablabamos de esto y aquello, nada demasiado importante, pero siempre jugando sobre ese delicado límite del doble sentido.

No quisiera pero... –y realmente no deseaba hacerlo. Te he dicho, tengo una cita...
Sí, no debes explicarte... –continuaba a sonreir. Ve, nos veremos otra vez...

Nos saludamos apenas. Esperaba que me dijiera algo, que me pidiera que no me fuera. Pero no, no dijo nada, al contrario, parecía a gusto con mi partida. Y eso me hacia estar... intranquila. Lo dejé en aquel bar y me fui. Comencé a caminar, cada vez más rápido, tenía poco tiempo y si no iba con prisa, llegaría tarde. Caminaba hacia el sitio de mi cita; y miraba el reloj, debía apurarme aún más. Caminaba entre la gente ocupada en sus cosas, sus problemas, sus deberes, sus sueños. Caminaba pero mi cabeza no estaba conmigo, ni siquiera estaba en el sitio a donde me dirigía; porque a mi cabeza no le importaba nada, ni de nadie... salvo de él.

Porque yo en ese momento quería abrazarme a su cuerpo, sentir su calor y su respiración en mi cuello. Finalmente rendirme a esa deliciosa locura que él me provocaba. Y estar solos. Dentro una habitación; cercanos, tanto que sus latidos se unan a los míos, siendo uno solo. Besarlo, besarlo incansablemente. Que mi lengua busque ávidamente la suya. Encontrarla y entrelazarla en una danza salvaje. Mis manos acariciando su espalda, mientras sus músculos se tensan acompañando cada uno de mis movimientos. Bajar, bajar por la superficie de su cuerpo, y que mi boca reciba la más erguida de sus pasiones. Que entre y salga de mi garganta, provocando y ahogando gemidos a la vez. Para luego que sean sus labios a buscar los míos, bajando por mi vientre y sintiendo como ellos responden con mi más exquisita esencia. Retener la respiración mientras finalmente penetra mi profunda intimidad. Y sentir que susurra mi nombre para terminar gritándolo junto a mí en la más ardiente explosión.

Debo detenerme. Apoyar mi espalda a una pared cualquiera. Cojo el móvil y llamo a quien me estaba esperando ya desde algunos minutos. Lo siento, un imprevisto explico, algo que no puedo –ni quiero- seguir dejando pasar. Continuo a respirar agitadamente. Le escribo un mensaje. “¿Dónde estás? ...cancelé la cita. Deseo verte... Ahora.”. Pasan los minutos, una eternidad, no responde. Suena mi celular, está llamando...


Gírate... –y el mundo se detuvo en ese instante.



domingo, 27 de noviembre de 2016

¡Joder! ¿Será posible que siempre debamos discutir por lo mismo? –una vez más, la enésima estúpida pelea.
Emme... ¿en estos días te debe venir la regla? –era serio al decirlo.
Vete a la mierda... –y me fui a la oficina dando un portazo.

En vez de caminar hacia el trabajo, me llevaban mil demonios. Y es que el Toro tiene una innata facilidad para decir lo inapropiado en el momento menos oportuno. Volver al apartamento en la pausa del almuerzo para estar con él y que me hiciera cabrear así, no se lo dejaría pasar. Ya no. Hubo un tiempo en que callaba, pasado. Hoy tendría que hacer algo para disculparse... o yo haría en modo que lo hiciera.

Pese a lo que suponía, la tarde en la oficina se me pasó rápidamente. Decidí que antes de volver a casa, pasaría por el centro comercial, y de la manicura. Un poco de mimos a mí misma me vendrían bien, y todo hacía parte de lo que mi cabecita estaba planificando desde hace horas. Tomé el automóvil del aparcamiento y me fui sin decir nada ni dar explicaciones, si alguien quería saber de mí, estaban los celulares.

Luego de poco más de dos horas estaba nuevamente en mi apartamento. Él también estaba allí, y un buen aroma salía de la cocina.

Ahhh... has vuelto finalmente... –dijo mientras me daba un beso al pasar. He preparado la cena.
Bien... –sabe cuánto odie que haga de cuenta que no ha pasado nada. Me lavo las manos y preparo la mesa.
Ya está todo listo... –y sentía me desafiaba con la mirada. Sólo faltas tú.
Ok... –la media sonrisa que se dibujó en mi cara debía haberlo advertido.

Pasamos la cena entre intrascendentes conversaciones y sutiles ironías.

Controlo unos mails desde el ordenador y luego ordeno la cocina... –dije alzándome de la mesa.
Deja... deja... –me respondió haciendo todo él en mi lugar. Yo me ocupo mientras se hace el café.

Qué capullo... ”, pensé. Si creía que todo eso haría me olvidara lo del mediodía, se equivocaba. Pues hice lo que tenía que hacer en el ordenador y dilaté el momento de retirarme a descansar. Sólo cuando él fue hacia el dormitorio apagué todo, con mucha calma, y fui yo también. Me esperaba con la luz encendida. Comencé a desvestirme lentamente, sin siquiera mirarlo, haciendo cuenta que lo creía durmiendo. Sabía perfectamente que no lo estaba. Por unos segundos medité de colocarme la camisa de noche, pero no, me acostaría sólo con las bragas, debajo del nórdico se está bien con poco.

Notte... –apagué la luz y le di la espalda, sabía que le molestaría; pero ni respondió.

Lo escuchaba respirar y sabía que no dormía. No me movía. No pasó mucho que sentí su mano sobre mi hombro, su palmo recorrerme hasta posarse en uno de mis muslos. Yo continuaba a estar inmóvil. Se acercó a mi espalda hasta sentir su aliento en mi nuca. Sus labios comenzaron a besar mi cuello, mientras sus manos tomaban posesión de mi seno. Lo magreaban y pellizcaba mis pezones, volviéndolos túrgidos, tanto que dolían. Comencé a retorcerme del placer que me estaba provocando, pero sin que un sólo sonido saliese de mi boca. Sus manos bajaron por mi vientre y su boca por mi espalda. Me giro lentamente, hasta quedar yo boca abajo con él entre mis piernas. Alzó mis caderas, dejando mi sexo expuesto a los apetitos de su lengua. Abrió mis labios e inició a beber del agua que ya había provocado. Penetró y lamió. Lamió y penetró, una y otra vez. Cogió el botón enchido de mi clítoris entre sus labios y ya no resistí a maldecirlo mientras convulsionaba por mi orgasmo. Degustó cada gota de mi esencia, esperando que se calmara mi cuerpo.

Volvió a girarme lentamente, subiendo con más besos por mi vientre. Se detuvo al llegar a mi seno e hizo lo mirara a los ojos. Su lengua rodeó una a una mis aureolas y sentí como volvía a encenderme. Me tomó por el mentón y me besó, con algo de rabia, mordiendo mi labio inferior. Su barba tenía mi aroma y eso hacía que me excitara aún más. Mis caderas se alzaban buscando las suyas. Ahora ambas manos suyas poseían mis muslos, abriéndolos y acercándome a él.

Mírame Emme... mírame... –no lo estaba pidiendo, lo imponía.

Aún así no me resistí. Lo miré fijo a los ojos y sentí su polla penetrando mi cueva hasta el fondo. Cada pliegue suyo rozando mis paredes. Mis manos esta vez lo acercaron a mí, deseaba besarlo mientras sus embestidas se hacían más fuertes. Le comí la boca, mi lengua recorría cada rincón y se entrelazaba con la suya. El ritmo era tan frenético como salvaje y duro. Cerró en su puño mis cabellos y lo sentí tensarse, y mi sexo contraerse entorno al suyo. Apoyó su frente a la mía y liberó toda su hombría, tan caliente que la sentía arder junto a mi esencia.

Quedó así, apoyado a mí, hasta que nuestras respiraciones se calmaron. Antes de retirarse, abrió la boca para decir...

Shhh... –y lo besé, esta vez con ternura.

No hacía falta más. Él es así... Yo soy así... Lo nuestro es así... y así será.


domingo, 20 de noviembre de 2016

"Brrrrr brrrrr brrrrr ". El celular continuaba a vibrar dentro el bolsillo del jeans. Seguro era alguna estupidez de mis amigas en el grupo de whatsapp. Luego de cinco minutos pudo más la curiosad, y aprovechando lo aburrida que estaba en la oficina, abrí el celular... Sorpresa... un mensaje pero de él...

Buongiorno cara... ¿cómo ha iniciado tu día? 

Me quedé mirando el teléfono, con un calor subiendo por todo mi cuerpo, como siempre me ocurría cuando él me escribía. No lo pensé dos veces y me dirigí al baño. Entré en uno de los aseos, cerré con el pestillo y me senté sobre la tapa del vater para responderle.

Buenos días Doc... ”, respondí.
Emme... pensé estarías ocupada...”, como si no supiera que siempre me hago tiempo para responderle.
Nunca tanto para no responder a un saludo tuyo...”, deseaba ser complaciente.
Emme...”, lo imaginé pensándome de ese modo que él sólo sabe. “He terminado una guardia, pero he decidido quedarme en el Hospital, ¿por qué no buscas un excusa en la oficina y vienes para aquí... te estaré esperando en mi despacho.” ...debía bromear.
Sí, seguro... ya salgo.”, esperaba notara cierta ironía.
Entiendo... Quizás prefieras te espere en la pausa del almuerzo...”, no quería admitirlo pero el Doctor estaba acelerando mi pulso. No respondí más nada y él no volvió a escribir.

Salí del baño, volví a mi escritorio, pero cada cinco minutos controlaba el reloj. No había aún decidido si iría pero la idea de encontrarme con él no dejaba de darme vueltas en la cabeza.

Las 13:00, junté mis cosas y casi sin saludar a ninguno de mis compañeros, me fui. Pasé nuevamente por el baño para controlar mi maquillaje y, obviamente, mi ropa interior.

Mis pasos se dirigieron hacia el hospital rápidamente pese a los tremendos tacones que llevaba. Subí, llamé a su despacho y entré. De verdad me esperaba, y esta vez sí vi su sonrisa al verme llegar. Me acerqué, desafiándolo con la mirada. Se levantó y se me acercó.

Señorita, permítame... –y apoyó una mano sobre mi espalda, suave pero firme y decidida. Y ahora, acompáñeme... –abrió la puerta de su despacho y salimos.
Doc... –la expresión de mi rostro completó la frase.

Terminamos en el vestuario para hombres. Me resistí ligeramente a pasar.

Entra, Emme... –me susurró al oído.

Así hicimos y cerró la puerta con llave. Me colocó mirando hacia la pared, como para un castigo escolar. Sujetó con firmeza mis manos con las suyas.

Emme... –susurró nuevamente. Te deseo...
En estos momentos creo eres Drake... –y mi respiración era evidentemente agitada.
Mmm... ¿así que es eso lo que deseas? –mientras una de sus manos desabrochaba mi camisa y rozaba ya mi seno por encima del sujetador.
Eso y más... –casi no me reconocía en mis propias palabras, él parecía saber qué era aquello que yo deseaba, que mi cuerpo pedía, que mi alma anhelaba, antes de mi.

Habían sido días difíciles y él me había dado toda su ternura y su apoyo, y con ello logré continuar. Pero ahora deseaba al hombre, lo deseaba a él. Porque era él quien lograba conectarse con esa parte de mí más recóndita, más elemental, más salvaje. ¿Cómo lo hacía? Pues no lo sé, pero él lograba hacerme sentir plena. Con él podía ser yo completamente, sin máscaras.

Pude sentir como sonreía complacido. Se apoyó a mi espalda, inhaló el perfume de mi cuello y comenzó a besarlo, a morderlo. Sus dedos pellizcaban mis pezones, y ese dolor mezcla de placer me excitaba. Se apartó apenas de mí.

Quítate el jeans... –su voz no pedía. Ahora...

No dudé y lo hice. Su mano comenzó a bajar por mi vientre y se coló por entre mis bragas. Abrió mis labios, haciendo que se me escapase un gemido.

Me encanta que ya estés mojada para mí... –y escuché bajar la cremallera de su pantalón.
Por y para ti... –arqueé mi espalda en modo que mi culo se apoyara en su erección.

Separó mis piernas con las suyas, bajando mis bragas como con furia, y penetrándome. Sentí su tremenda polla por cada uno de mis pliegues. Una mano sostenía mis caderas y la otra me sujetaba el cuello, casi quitándome la respiración. Su aliento calentaba mi nuca y su fuerza mi sangre. El sabía despertar todos mis demonios y dominarlos sin más. Sólo su voz, sólo hacerse presencia en mí. Había establecido una conexión con mi alma inexplicable, y hasta ese momento desconocida. Sus embestidas me estaban matando, y al mismo tiempo devolviéndome a la vida.

Emme... –y su voz sonaba agitada. Sólo mi nombre pronunciò, diciéndolo todo mientras su caliente semen inundaba mis entrañas, y yo me corría a su mismo salvaje ritmo.

Esperó un momento, hasta que la respiración de ambos volviese a la normalidad, y se deslizó fuera de mí. Lo oía vestirse mientras yo era incapaz de moverme.

Emme, vístete... –sonaba firme. No podemos permanecer más aquí.
Sí... Obviamente... –comenzaba a reaccionar mientras acomodaba mi camisa y cerraba el jeans.

Se dirigió hacia la puerta, abriéndola y haciéndome salir. Apoyó su mano en mi espalda, a la altura de mi cintura, haciendo que me girase para verlo.

Ve a tu apartamento, debo terminar con mis visitas... Te escribo apenas termino... –y me sorprendió depositando un beso sobre mi boca. Tengo una sorpresa para ti esta noche.

No esperó mi respuesta, se marchó hacia su despacho sin mirarse atrás. Y yo, yo me tomé la tarde libre; disfrutando aún de su tacto en todo mi cuerpo, y... esperándolo.

viernes, 11 de noviembre de 2016

Estaba controlando mi buzón de mails. Leyendo a algún amigo y comentándolo, cuando recibí la noticia. No supe cómo reaccionar. Automáticamente cerré mi portátil que estaba sobre la mesa del salón, y fui a sentarme en el sofá. Apreté mis piernas contra el pecho y comencé a llorar. No sé cuánto tiempo estuve así. El celular no dejaba de sonar, por lo que decidí responder.

Soy yo... –la firmeza de su voz lo caracterizaba. ¿Qué sucede Emme?
¿Cómo sabes que sucede algo? –y no lograba serenarme.
Cara... –era su modo de acariciarme. Primero, son horas que no te comunicas; y segundo, me lo has apenas confirmado con tu pregunta y el tono de tu voz.
Doc... –y no pude contener más las lágrimas. Le conté todo, lo más resumido posible, ya que sabía estaba en su trabajo.
Espérame... –respondió sin titubeos. En una hora finalizo mi guardia y me dirijo a tu apartamento.
Es que... –no deseaba complicarle el fin de semana, sabía cómo eran sus guardias de 24 horas.
No discutas Emme... en una hora estaré allí... –sabía que no habría modo de hacerlo desistir; y en realidad, no deseaba hacerlo. Ahora debo dejarte, me están llamando... a luego, kiss.

Volví a hundirme en el sofá, sabía que debía reaccionar pero sólo deseaba llorar y deshacerme de esa angustía que me calaba hasta los huesos. Estaba como adormilada, al menos hasta cuando tocaron a la puerta.

¿Si...? –me encaminé hacia la puerta y abrí antes de escuchar su voz.
Emme... abre... –y sí, era él, como había dicho.

Quedé quieta sosteniendo la puerta abierta, pero sin lograr mirarlo a los ojos. Entró y cerró tras de sí. Pasó una mano por debajo de la abertura de mi camisa, tomándome por la cintura y acercándome a su cuerpo. Me sostuvo así, pegada a él, fuerte, hasta que mi respiración comenzó a ser más relajada. Me giró, colocando su mano abierta sobre mi vientre, y haciéndome caminar hasta el sofá.

Iré a preparar un baño... –no fue una pregunta, ni siquiera una sugerencia; él tomaba las riendas. Ya regreso.

Quedé allí, mirando al vacío. Diez minutos después estaba parado delante mío con la toalla en la cintura, y su mano tendida hacia mí.

Vamos... –sabía de estar actuando como una niña, pero no lograba hacer diferente... pero ahora estaba él.

Tomé su mano y fuimos hacia el baño. Me desvistió con destreza. Quitó mi camisa y mis bragas, dejando caer todo al suelo, junto a su toalla. Ingresó en la tina e hizo que me sentara delante de él, entre sus piernas. Comenzó a enjabonarme el cuerpo, suave, delicadamente. Mi espalda... mis brazos... mi vientre... mis piernas... mi sexo. Sentía su erección golpear mi culo por debajo del agua, pero él sabía, sabía que yo no podría, sabía que no era el momento. Igual continuó, lavó mis cabellos, y cuando el agua comenzaba a enfriarse, se puso en pie e hizo que me alzara. Secó mi cuerpo con el mismo cuidado con el cual me había lavado, y había lavado mi angustía.

Nos dirijimos a mi habitación.  Se recostó en la cama, conmigo entre sus piernas. Comenzó a desenredar mis cabellos, lo hacía lentamente. Al terminar, besó mi cuello y cada uno de mis hombros. Ambos continuábamos a estar desnudos. Lo sentía latir contra mi cuerpo, sentía su calor abrasarme. Mi piel reaccionaba ante él, a su tacto, a sus atenciones. Comencé a sentirme serena, liviana. No dejó de acariciarme hasta que me dormí entre sus brazos. Fue allí que desperté... junto a él.

No habíamos follado, no... pero él me había hecho el amor toda la noche.

martes, 1 de noviembre de 2016

Otoño. Tercer día de lluvia consecutivo. Definitivamente no iría a trabajar, no se me daba la real gana. Haría como mi gato, me pasaría el día yendo de mi habitación al salón, de mi cama al sofá. Hubiese querido apagar y desconectar todo, pero debía dejar mi celular encendido por si llamaban de la oficina.

"Ding...", mail nuevo en la bandeja de entrada. ¿Y ahora? Realmente, si era un problema de trabajo no quería saberlo. No deseaba salir bajo la lluvia a solucionar problemas de otros. Tomé el celular y abrí el correo.

"Buenos días... ¿qué haces en este maravilloso día? ", con cualquier otro hubiese reaccionado mal, pero con él..., con él no. Su ironía siempre me ha hecho sonreír. Dos segundos y ya estaba respondiéndole.
"Pues probando los placeres de la vida felina... ¿y tú? ", si alguien en este mundo es capaz de comprender mis dobles sentidos, ese es él.
"Ding...", nuevamente, él seguro. "Jajajajaja... me... te imagino... pero con el fresco dicen que es mejor caliente... y con un poco de miel...", sabía lo tomaría por ese lado, nos sabemos sin más.
"Deja... deja... mejor no digo nada, todo lo dicho puede ser usado en mi contra...", y no paraba de morderme el labio mientras reía, como si él pudiese verme. "¿Sigues de viaje o ya has vuelto? "
"Ding...", era veloz esa mañana, aunque sigo sin explicarme por qué no usa el chat. "Si me abres la puerta, lo sabrás...". Miraba sin comprender del todo; seguro estaba de bromas. Eso creí hasta que llamaron a la puerta, y contuve la respiración.

¿Si...? –y el corazón ya me latía fuertísimo.
¿Piensas abrirme o debo llevarme los churros? –no podía ser pero sí, era su voz, era él.

Abrí la puerta y me arrojé literalmente a sus brazos. Me colgué de su cuello y lo besé. Debía sentir cuánto lo había echado de menos. Mi boca lo buscaba, lo comía, mientras mis dedos se enredaban en su pelo; y su brazo libre me sujetaba por la cintura.

¿Entramos o nos desayunamos aquí en la puerta para espectáculo de tus vecinos? –logró murmurar sobre mi boca mientras le mordisqueaba el labio.
Entremos mejor... –y me llevaba en andas pegada a su cuerpo.

Me sentó sobre la mesa del salón. Enredé mis piernas alrededor de sus caderas, empujándolo hacia mí. Mis brazos aún estaban alrededor de su cuello. Temía que de soltarlo, se esfumara; como tantas veces había pasado en mis sueños.

Te he echado de menos... –y mi boca se apoyaba en ese pocito que se le hacé en el mentón. Me has hecho mucha falta.
Lo sé... –sus dedos jugaban entre mis cabellos. Y siento mucho no haber estado cuando me has necesitado; pero tú sabes que no importa dónde vaya, o cuánto me demore, siempre, siempre volveré a ti.

Apoyó su boca en mi frente y me sujetó contra su pecho, fuerte, como nunca antes. Era él, y a la vez era diferente. Nos separamos sin decir nada, sólo nos mirábamos a los ojos. Bajé lentamente de la mesa, y fui hacia la cocina.

Estaba por hacerme un café cuando has llegado, ¿deseas también uno? –de repente lo sentí por detrás mío.
En realidad, no... –sus manos rodearon mi cintura. He tardado ya mucho tiempo, eres tú lo que deseo.

Una de sus manos inició a subir, desabrochando mi camisa a su paso. Acarició mi seno por encima del sujetador, y me tomó por el cuello. Su boca se apoyó en mi nuca, besándome desde el cuello hasta el lóbulo, el que mordisqueaba encendiendo mis ganas de él. Su otra mano comenzó a descender acariciando mis caderas, las que comenzaron a moverse indecentemente, frotándose
contra la dureza de su sexo. Subió mi falda y sus dedos abrieron mis labios, comprobando toda la humedad que ya había provocado. Se deshizo de su camisa, arrojándola al suelo; para luego abrir mis piernas con una de las suyas. Arrancó mi sujetador rompiendo sus tirantes, magreando fuertemente mis tetas. Debí sostenerme de la encimera, mis gemidos ya eran incontenibles, lo mismo que mi deseo de arquear la espalda y sentir su polla. Lo deseaba, y él a mí. Sin pensarlo, me giré y desabroché su jean, bajándolos junto a su boxer. Mis manos lo recorrieron todo, acariciándolo, sintiéndolo crecer aún más. Me tomó por las caderas y me sentó sobre la misma encimera, sujetando mi cabello en su puño. Se acercó lentamente, penetrándome, abriéndome para él y su erecta virilidad. Besaba y mordía mi boca, mientras mis uñas dibujaban su espalda. Sentía cada vena suya enchida, cada uno de sus pliegues; mis paredes contraerse entorno a él. Ninguno de los dos decía nada, sólo se escuchaba nuestras respiraciones agitadas. Mis gemidos, sus gruñidos. Lo sentí tensarse entre mis piernas. Me hizo mirarlo directamente a los ojos, y sentí su hombría quemándome las entrañas, mezclándose junto a mi esencia.

Nos quedamos así por un momento, hasta que se calmaron los espamos de nuestros orgasmos. Se apartó de mí y recogió su ropa. Pensé se vestiría y bajé de la encimera, pero en cambio, se giró ofreciéndome la mano.

¿Vamos juntos a la ducha esta vez? –me lo quedé observando y por un segundo no supe qué responder. Te lo he dicho, esta vez he venido por ti, esta vez no dejaré escapar la oportunidad.

Ni una palabra salió de mi boca. Sólo sonreí y tomé su mano.


lunes, 24 de octubre de 2016

Sentire le tue mani sul mio corpo
è come percorrere i nove cerchi dell'Inferno...
...entro nel Limbo di tutti i miei sensi,
bagnando il mio sesso della più ardente Lussuria.
Mi consuma la Gola della tua virilità nella mia bocca,
sentendo l'Avarizia più elementale...
perché tutto mio in quel momento sei.
E non confondere con Pigrizia
la lentezza dei miei gesti,
è soltanto dilatare l'istante
fino a farlo diventare eterno.
Come io non confondo con Ira
la dominante passione con la quale frusti la mia pelle.
Mi fai diventare Eretica d'ognuno dei miei credi,
cercando fare un continuo Frode al tempo,
dove l'unico proibito
è il Tradimento allo ferventemente desiderato.




miércoles, 19 de octubre de 2016

Es que terminaré creyendo a la sabiduría popular, esa que dice: “No hay mal que por bien no venga.

Mi intención era desaparecer, no sabía por cuánto tiempo. Me marché sin fecha de retorno, al único lugar donde sin buscarme me encuentro siempre. Mis días pasaban sumergida en sus aguas, y acunada por sus olas. Y mis noches, en mares de letras a través del portátil. Estaba sobre la cama cuando improvisamente se abrió una ventanita de chat, había olvidado desconectarme...

¿Así que Dr. Jekyll y Mr. Hyde? ...personalmente hubiese preferido Lancelot de Lac y Sir Francis Drake.

Me quedé mirando la pantalla como encantada, y sonriendo. Impulsivamente le respondí...

Buenas noches Doctor ¿cómo me has encontrado? ” ...y esperé.
Emme... yo siempre sabré encontrarte.”, y no sé por qué lo imaginaba sonriendo.
¿Y cómo sabes que ese escrito era por ti? ...no creerás ser el único doctor.”, quería desafiarlo, toda ingenua yo.
Tú y yo sabemos la verdad sobre ese relato.”, y me hizo temblar recordando aquel primer encuentro.
Así es... ambos sabemos...”, agradecía no pudiese ver mi rostro en esos momentos.
¿Has descansado? ¿Ha servido el mar a hacerte sentir menos agobiada? ”, lo leía sorprendida.
¿Cómo sabes...? ”, no pude terminar de preguntar.
Ya te lo he dicho Emme... Yo sé leer tu alma...”, mi respiración comenzaba a agitarse.
Doctor...”, si hubiesemos estado hablando ni siquiera hubiese tenido que nombrarlo, él me hubiese sentido suspirar.
Dime... ¿estás ya en la cama? ¿qué llevas puesto? ”, de repente me dieron ganas de continuar ese juego que él estaba comenzando.
Sí, estoy en mi cama con mi portátil... estoy en bragas y con una camiseta blanca... aún hace una buena temperatura aquí...”, aunque esto podía volverse peligroso, no me importaba, no ahora, no con él del otro lado.
Mmmmm... ¿sabes?, yo también estoy de viaje... y estoy cerca, tan cerca tuyo que hasta podría tocarte...”, un escalofrío recorrió toda mi espalda.
Haces que tiemble...”, le escribí con total sinceridad.
Lo sé...”, y me envió una foto con la vista desde su ventana del hotel donde paraba. Miro al horizonte, y sé que allí estás tú...
Doc...”, realmente lo sentía cercano, y le envié las fotos que había hecho esa mañana. Me había contado que le gustaba esa zona y de sus viajes allí.
Ohhh... entrañables paisajes... te pienso allí y...”, no continuò, por un momento temí se hubiese cortado la comunicación.
...”, era inútil preguntar algo, y ante su silencio mi sangre comenzó a fluir aceleradamente.
Emme... Quítate la camiseta para mí... deseo imaginarte así...”, me mordí el labio inferior y sin pensar, hice lo que me había pedido.
Hecho...”, observaba ansiosa la pantalla esperando su respuesta.
Emme... te deseo... aquí... ahora... entre mis piernas...”, mi mano bajó por mi vientre hasta donde mi sexo había comenzado a mojarse por él.
Tú sabes aquello que estás provocando...”, y sí, lo sabía bien, pero extrañamente con él me sentía segura..., y libre de ser yo..., sin velos y al desnudo. Él llamaba a mi parte más elemental, dejaba mi alma expuesta. Hacía me volviera curiosa como una niña; ansiosa como una adolescente; salvaje como una hembra.  
Tú provocas esto en mí...” la imagen de su cuerpo desnudo y erecto, delineado en la penumbra de su habitación, apareció en mi pantalla.
Un escalofrío me ha recorrido entera...”, no mentía, como no lo hacía el henchido botón en el que se había ya transformado mi clítoris. Mis pezones, erectos y duros, dolían reclamando atenciones.
Soy yo tomándote... haciéndote mía...”, mis dedos se introdujeron en mí, haciéndome cerrar los ojos e imaginándome fuese él.

Dejé por un momento de escribir para sentirlo a él dentro mío..., haciéndose de mí, y conmigo. Era su fuerza la que entraba y salía de mí haciéndome gemir. Mi otra mano gozaba pellizcando mis pezones y mi espalda se arqueaba llamándolo. Sentía mi propio sexo contraerse entorno a mis dedos. Todo mi cuerpo convulsionaba a su imagen, a su ser en mí. Lo deseaba a él..., a él y su masculinidad; a él y su natural dominio sobre mí; a él y sus embestidas; ...a él, simplemente a él.

Tú... me has hecho volver...”, no sé cómo pero logré escribirle, él debía saber qué estaba haciendo conmigo.
Córrete para mí... que ahora, en este momento, tú me pertenezcas...”, y toda mi esencia se derramó en un orgasmo tan intenso que mojó mis sábanas.

Doc...”, en ese instante deseé estar a su lado y que escuchase mi voz ahogándose en su cuello. Que mis espasmos se calmasen contra su cuerpo.
Shhh Emme... ya sé...”, y sí, él me sabía, él me sentía y me leía como pocos. “Ven... Apóyate en mi pecho y descansa... que el día nos encuentre juntos...”.

Y así fue, porque finalmente, desperté ...y volví.



jueves, 6 de octubre de 2016

Nuevamente amanecí sentada en el sofá, mirando al vacío a través del gran ventanal. Observo la ciudad aún dormida, buscando respuestas... las que nunca llegarán. Ya ni follar me quita esta sensación de vacío. Anoche estuvo fantástico, como siempre cuando me encuentro con el Toro. Pero cuando los espamos de los orgasmos se calman, cuando quedo nuevamente sola, el silencio me deja sorda.

Y no bebo, pero me encantaría emborracharme y olvidar.
Y no fumo, pero en estos momentos mataría por un pitillo... pero de esos que dan risa.

Debería hacerle caso a mi amiga: " Emme, no debes pasar página... debes cambiar libro! ". Coño que quisiera hacerlo y ayer. Me alzo antes que se me entumezcan las piernas. Voy por café y antes pongo música... 


...parece una puta broma.

Pero sí, a la primera persona que me diga cómo hacer, mi devoción tendrá. Cómo hacer para seguir con el alma a jirones. Para que las cosas no te afecten. Ser como una mantis religiosa, muerto uno adelante el próximo. Tendría tanto que aprender. Aprender a ser una jodida cabrona. Aprender a no sentir. Aprender a vaciarte, a olvidarte, a matarte. Porque esa es ahora la cuestión...


...aprender o desaparecer.



viernes, 23 de septiembre de 2016

Desperté...

La luz de la mañana entraba por la ventana. Sentí su mano sobre mí. Su mano..., ni siquiera recordaba su nombre. Me cubrí con las sábanas y me levanté. Eran tantos años que había dejado de fumar, pero necesité encenderme un pitillo y salir al balcón. ¿Cómo había podido ser tan estúpida?, pensé. Me he pasado la vida haciendo atención, caminando como una gata sobre los techos de zinc caliente. Divirtiéndome sin involucrar ningún tipo de sentimiento. Siguiendo mi instinto, que nunca antes me había fallado. Pero él...

Él había derribado todos mis muros. Había logrado penetrar mi coraza. Y yo le había entregado no sólo mi cuerpo sino también mi alma. Me había envuelto en sus brazos; me había refugiado en su pecho. Había bebido de su savia tantas noches, lo había alimentado con mis mieles tantas madrugadas. Había creido a sus palabras, cuando en mi oído susurraba que mis aguas eran su destino. Y ese fue mi error... Mi más grave error.

Pero él ya no estaba. Se había marchado. Así, como había llegado un día, giró su espalda y desapareció. Como si nada..., como si todo. ¿Mintió? ¿Jugó? Tal vez. Si lo hizo, fue de forma perfecta... O al menos eso creyó. Él también se había equivocado. ¿Su error? ...me había subestimado. Él me había convertido en esto que ahora era. Nunca notó cuánto me había enseñado. Tardé tiempo en lamerme las heridas. Y ahora estaba lista. Ahora era mi turno de jugar, y había comenzado a hacerlo. Lo haría a mi modo, con mis reglas. Esta vez no sería mi corazón a quedar a jirones.

Emme... ¿dónde te has metido? –no recordaba su nombre pero por lo visto él sí el mío. Apagué el cigarrito y entré a la habitación.
Buenos días guapo... –y fingí mi mejor sonrisa. Deseaba fumar y no he querido molestarte.
Cariño, si tú no podrías hacerlo... –comenzó a sonreir y ya intuí por dónde iría. Es que me he despertado con un problemilla y al no verte..., pues me asusté. –terminó diciendo mientras arrojaba las sábanas a un lado y descubría su tremenda erección.

Dejé caer aquellas con las que yo me había cubierto, y comencé a ir hacia él contoneando las caderas. No estaba particularmente encendida, pero el tío estaba bueno y, no encuentro mejor manera de no pensar en ciertas cosas, que echarme un buen polvo. Subí a la cama y por su cuerpo como una gata, acariciando sus piernas. Lo miré fijamente a los ojos y mi boca cubrió por entero su polla. Subía y bajaba por ella, mientras él tiraba hacia atrás su cabeza. Mi cabello se enredaba entre sus dedos. Lo sentía hincharse a cada lametazo de mi lengua. Pero yo quería otra cosa, quería más. Besé su vientre, su pecho, su cuello. Me empalé a su miembro como una amazona. Pasé mis manos por su nuca, bajé hasta su oído.

Ni se te ocurra correrte... –le susurré mientras mordisqueaba su lóbulo. No hasta que yo te lo diga al menos... Y continué a cabalgarlo sin piedad, notando cada uno de sus pliegues en mí.

Sus manos magreaban mi seno, pellizcando mis túrgidos pezones. Las mías le sujetaban las piernas, acariciándole los testículos, cada vez más duros y llenos. Sentí mi cueva contraerse entorno a su sexo, y me corrí sobre él mientras mis uñas se clavaban en su pecho. Una vez..., y continuaba. Una segunda... Y ya esperaba la tercera junto con él.

Emme... –susurró.
Córrete conmigo... –casi le ordené.
Siiií... –gimió. Ven mi niña... Ven...

Me detuve por algunos segundos donde cambié la expresión de mi rostro. Lo cogí por los cabellos, jalando de ellos, y me acerqué a su oído nuevamente.

No vuelvas a llamarme así... –mi voz estaba cargada de furia. No soy una niña... Y no soy tu  niña, soy Emme...

Mis movimientos comenzaron a ser aún más fuertes, violentos. Mi vagina chocaba duramente contra sus caderas, era yo quien embestía sobre él. Rasguñé sus hombros y brazos cuando sentí su corrida quemarme las entrañas. Esperé a que mis espasmos se calmaran, y mi respiración volviera a la normalidad, para bajarme de él. Me puse de pie y no me importó cubrirme. Cogí otro pitillo y le acerqué su ropa, dejándola caer, indiferente, sobre su cuerpo desnudo.

¿Fuego? –y le mostré el cigarro.
Sí..., por supuesto... –se apresuró a responder y encender, se lo veía perplejo.
Ahora es mejor si te marchas... –inicié a fumar mientras buscaba mis bragas. Cierra bien la puerta al salir. –y entré en el baño, deseaba una ducha caliente.

Él también se había equivocado,  yo no era la misma. Él me había subestimado... Señado a fuego... Y ya nadie volvería jamás a llamarme de ese modo.